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Y otra vez el verano

Bochorno nocturno

Perdonad si os hablo del calor, siempre he opinado que era un tema muy socorrido para conversaciones de ascensor y como fórmula de solucionar incómodos silencios.

 

Me gusta desayunar en calma mientras doy un repaso a las noticias. Aún no apunta el sol del nuevo día y ya nos están recordando en tono amenazante que el calor será sofocante, que nos protejamos del sol, que evitemos exponernos al mismo durante las horas del mediodía y, como colofón, suelen recordarnos el aumento de cáncer de piel debido a sus radiaciones.

 

Podría parecernos de buena fe y de ayuda todas las advertencias, a no ser que, lo primero que he tenido que hacer al levantarme es poner en marcha el aire acondicionado.

 

En los primeros momentos siento un confort y me parece idóneo para no sucumbir a todas las amenazas que nos anuncian y sobrevivir a ellas sin problema alguno. Pero tengo la mala suerte de sufrir un tipo de alergia muy rebelde, que ha resultado imposible a las eminencias médicas y especialistas que la han estudiado, dar con su origen y ponerle nombre, pero lo que si ha quedado claro es que mi organismo no lleva bien las temperaturas alteradas por ningún elemento no natural.

 

Por consiguiente, siempre estoy en la disyuntiva de soportar una tos impertinente a causa de la alergia de origen desconocido que se agudiza bajo la exposición del maravilloso aire acondicionado, o bien, asfixiarme de calor mientras escucho en las noticias que lo que nos espera puede ser de índole terrorífica, solo les falta decir aquello de ¡sálvese quién pueda!

Esto me lleva a pensar que hace algunos años por estas fechas yo estaba ilusionadísima tomando la decisión de a qué verbena asistiría, eran de las pocas fechas que mis padres me permitían salir por la noche y yo siempre he tenido la fantasía de que las noches son mágicas y todo puede ocurrir si te adentras en su oscuridad.

 

Era importante el vestido que quería lucir, salir de fiesta era muy emocionante y lo cuidaba todo hasta el último detalle. Y es aquí cuando recuerdo, que siempre necesitaba una prenda sobre el vestido que me protegiera del relente de la madrugada, a tales horas siempre hacía fresco.

 

Puede que el tiempo haya pasado muy deprisa, puede que muchas cosas hayan cambiado pero a mi todo lo dicho me parece muy cercano, sin embargo, si este año tuviera que asistir a una verbena, no pensaría ni por asomo en recurrir a un chal sobre los hombros.

 

Visto positivamente, como yo intento ver siempre las cosas, me alegro al constatar, que las noches siguen teniendo este encanto oculto para mi, que si la magia no aparece, siempre puedo mirar al cielo y buscar esa luna compañera donde se depositan los sueños que quedan por vivir, que el cambio climático es una realidad y debemos amigarnos, porque revertirlo, me temo que no se pueda.

 

Hay costumbres que con los años cambian. Por ejemplo, ahora en mi vida está Bosquina, nuestra querida gata, a ella le aterrorizan los estallidos de los petardos y yo sé que nuestra compañía le tranquiliza y le da seguridad, razón de peso para abrir el cava en casa y brindar por aquellos años en los que las madrugadas eran frescas.

de Mariana Bellido el 17/06/2017

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